Dos amigos, hermanados desde jóvenes, que se reencuentran tras un paréntesis afectivo de 40 años, siendo ya ancianos. De fondo el paisaje decadente del Imperio Austrohúngaro y la figura incomparable de una mujer, Krisztina, que marca irremediablemente la amistad y la vida de estos dos hombres. El último encuentro, breve y encantador libro de Sándor Márai, con una prosa ágil, amena y muy elegante; navegando permanentemente en el mundo de los sentimientos, el rencor, la amistad, la tenacidad de los recuerdos.
Lo siguiente es uno de mis fragmentos favoritos. La descripción de Krisztina:
Yo interpretaba ese encuentro, el encuentro entre ella y yo, como algo inequívoco, como ningún otro encuentro anterior. Era una mezcla de distintas razas: un poco alemana, un poco italiana y el resto húngara. Quizás haya tenido también alguna gota de sangre polaca, por el lado de la familia de su padre... Era tan indefinible, tan inclasificable... como si ninguna raza ni ninguna clase la pudiera contener del todo, como si la naturaleza hubiese tratado por una vez de crear algo único, un ser independiente y libre, alguien que no tiene que ver con clases ni con orígenes. Era como las fieras salvajes: una educación estricta con las monjas, la cultura y la ternura de su padre habían contribuido tan sólo a suavizar sus modales. Krisztina era salvaje por dentro, indomable: todo lo que yo podía darle, la riqueza, el rango social, el mundo adonde la conducía no tenían ningún valor para ella en el fondo; y ella no quería entregar a cambio ni una mínima parte de su afán de independencia y de libertad, puesto que ése era el verdadero contenido de su ser y de su carácter... Su orgullo también era distinto del de las personas orgullosas de su rango, de su origen, de su riqueza, de su posición social o de algún talento personal y particular.
Krisztina estaba orgullosa de la calidad noble y salvaje de su corazón y de su alma, de esa herencia que era como un veneno. Era una persona soberana, totalmente independiente y emancipada en su fuero íntimo, y tú lo sabes muy bien; y éstas son cualidades muy raras hoy en día, tanto en mujeres como en hombres. Parece que no se trata de una cuestión de origen o de situación. No se dejaba ofender, ni se dejaba atemorizar por ningún desafío; no toleraba las limitaciones, en ningún sentido. Sabía otra cosa más que pocas mujeres saben: era consciente de la responsabilidad que conllevaban sus propios valores humanos. Te acordarás... sí, seguramente te acuerdas de la primera vez que nos encontramos ella y yo: en el salón de su casa, junto a aquella mesa grande, desbordada por las partituras y los cuadernos de su padre; entró Krisztina y aquel salón oscuro se inundó de luz. No solamente irradiaba juventud, no. Irradiaba pasión y orgullo, la conciencia soberana de unos sentimientos incondicionales. No he conocido a ninguna otra persona que fuera capaz de responder así, de una manera tan plena, a todo lo que el mundo y la vida le daban: a la música, a un paseo matutino por el bosque, al color y al perfume de una flor, a la palabra justa y sabia de otra persona. Nadie sabía tocar como ella una tela exquisita o un animal, de esa manera suya que lo abarcaba todo. No he conocido a nadie que fuera capaz de alegrarse como ella de las cosas sencillas de la vida: personas y animales, estrellas y libros, todo le interesaba, y su interés no se basaba en la altivez, en la pretensión de convertirse en experta, sino que se aproximaba a todo lo que la vida le daba con la alegría incondicional de una criatura que ha nacido al mundo para disfrutarlo todo. Como si estuviera en conexión íntima con cada criatura, con cada fenómeno del universo, ¿comprendes lo que quiero decir?... Claro, seguramente lo comprendes. Era directa, espontánea y ecuánime, y también había en ella humildad, como si sintiera constantemente que la vida es un regalo lleno de gracia.






